El peregrinaje había llegado a su fin, una caravana se asentó a lo largo de la carretera casi abandonada en medio de la noche en la que se habían mandado instalar señales primitivas y austeros juegos de iluminación hechos a mano, había fuertes sumas escurriendo entre los dedos de acaudalados noctámbulos adictos al olor de las llantas quemadas quienes habían favorecido las instalaciones y mas que nada, patrocinado diversos químicos que les asegurarían una noche realmente difícil de olvidar.
En una chamarra de piel blanca Marlon Strutt llevaba impreso el número 26 en el hombro derecho y diestro era al volante como al perseguir victorias; esa noche, sin embargo, después de años de moldear la carretera, la multitud a la cual se dedicaba a complacer (y que muchas veces también lo complacía) había atestiguado el progreso de un sonriente novato que con 8 carismáticos cilindros se echó encima y rápidamente una fama comprobable al medir la balanza de las apuestas, la cual quedaba varias veces a su favor y por lo tanto, más que una competencia, la carrera prometía ser todo un espectáculo.
Minutos antes de iniciar la carrera, los jinetes cruzaron miradas desde sus cabinas en las que dos grandes cascos con visores plateados reflejaban el interior del móvil: vacío como la extensión de la pista, que asemejaba la impresión y el vértigo que provoca asomar la cabeza por un acantilado, o como si se tratase de una caída hacia adelante y hacia el oscuro horizonte.
Quienes jamás corrían la pista salvo con la velocidad de sus retinas abandonaron sus apuestas en la línea de inicio, los motores bramaban y temblaban al tiempo en que Strutt le sudaban las manos provocando el deslíz del volante entre sus dedos, sin embargo, se aferraba con la fuerza que hay en las mandíbulas de un dóberman.
No estaba nervioso ni emocionado sino que, bajo el casco de seguridad Strutt se sentía invisible, facultad que paradójicamente le cedió el lugar del supremo espectador, y pudo ver como las luces de la primera señal tiñeron los rostros de la audiencia enloquecida de un carmesí fantasmal, dando forma a espectros colorados que sostenían con sangrantes mejillas las múltiples sonrisas flotantes de una noche comprimida e impaciente ante el nacimiento de una estrella color del ámbar, señal inminente del turbulento inicio del episodio.
Bajo un escenario similar a una puesta de sol sintética sujetada por las luces del semáforo, Strutt recordó las palabras de su joven contrincante a sólo dos minutos del abordaje: - ¿sientes esto? - y sonreía - Dios debió sentir lo mismo cuando terminó de crear el mundo. - y dicho esto, aquel emocionado sujeto no era más su rival sino su hermano, la única persona racional alrededor.
Y así fueron despedidos por las banderas sostenidas en los brazos de una puberta perdida y la gente en las gradas no alcanzó a ver mas lejos del reflejo de la luz verde en el cromo de los escapes que entre luces de xenón disparaban lentas balas de humo ascendente mezclado con una orquesta de neumáticos y asfalto.
Gasolina, caucho ardiendo y frío de la noche, copilotos atmosféricos, helados testigos nasales de la vanidad humana y de la ficticia preferencia de sentarse y observar a los otros, mientras el mundo se reduce sólo dos, de todos los presentes sólo dos sobre el pavimento, en la garganta del glaciar desértico nocturno.
Dentro de su Eleanor, una carcacha gris artesanalmente modificada, el viejo Strutt sintió esa peculiar sensación de sordera que provocan los ladridos del motor contrincante aunados al frío y la presión que ejercía la antinatural velocidad en sus oídos, ahora las líneas del camino eran una culebra contoneándose mientras el piloto jugaba con el volante a punto de ceder en pedazos por la fuerza canina en sus manos que ya no sudaban sino que ahora eran dos gruesos témpanos de hielo adheridos a la vibración que causaba el aumento de velocidad en el chasis del móvil.
Los dos competidores aceleraban a la meta pero no fue sino hasta la mitad del circuito cuando uno de ellos finalmente abrió los ojos, peligrosamente cerrados por una risotada que ahogaba el casco que, además de protegerlo, contenía una fractura en su percepción, liberada ante la revelación que trajo consigo la excesiva ingesta de distancia en tan poco tiempo, y como si se tratase de una sobredosis de velocidad, un éxtasis se apoderó de él cuando este contempló el firmamento: la línea de meta a tan sólo nueve segundos… tiempo suficiente para darse cuenta de que en él descansaba el destino de la carrera de su vida y el destino de las extraordinarias apuestas que los congregados en ese templo erigido en nombre de los altos octanajes habían hecho a favor del piloto, que ahora a tres miserables y lentísimos segundos de la línea comenzaron a verlo como el mesías del clandestino, estirando las caras en dirección a sus orejas que bajo la luz roja parecían monstruos con sed de gasolina.
No hubo trofeos, tampoco flores, no hay luces, no hay meta… su cabeza está embrujada por algo indefinido, tal vez los terremotos que provoca al reventar el camino o la tentación de fundirse entre la velocidad, el asfalto y el infinito; no hubo espuma de champagne al aire, menos un podio para compartir, el desconcierto era bastante ordinario para lo que en ese momento la audiencia mostraba iracunda: un piloto desaparecido, engullido por el forro deportivo de su propio asiento.
El doble trece era la supersticiosa razón de quienes religiosamente alejaron a Strutt del sacrosanto registro de las apuestas, que si bien era viejo, en su acelerada vida jamás encaró la línea de meta con una derrota... sin embargo, esa noche se dió cuenta de que la victoria no se encontraba en aquella vulgar concurrencia, ni mucho menos en la cantidad de pasta que le concediesen, esa noche la victoria había desaparecido dentro de un auto que no era el suyo.
Strutt, por primera vez bajó de su caballo padeciendo algo más inmenso, prolongado y desconsolador que todas las carreteras del mundo, algo más grande que cualquier victoria y con un sabor poco más amargo que el de la derrota.
El señor Marlon estaba solo.
vacío como el casco en sus manos, y con las rodillas reducidas a temblores se puso de pié sobre el mar que ahora formaba el inestable concreto bajo sus botas, incrédulo ante el horizonte, abandonado a esa frialdad que a todos aqueja.
Strutt simuló un desdeñoso triunfo final ante la inconforme actitud de los cientos que apostaron en su contra y un eco en su casco sostenido por las convulsiones en sus manos, acompañado de la creciente proximidad de unas luces violeta en las sirenas de la policía le recordaron que tenía que largarse volando de ahi.
Y manejando a ninguna parte articuló en su mente las únicas palabras que le escuchó decir al joven piloto...
y por supuesto también las últimas.
-fin-