ese andar con matices cítricos
que se acercaban llenando mi pecho
de alquitrán
también te delataba
todo favorecía la trama,
la película estaba por terminar
y al encender las luces
la cámara se tiñó de Ámbar.
No de sepia,
ni de instagram.
sino el color de la primavera
y encontré en dicho tono
acordes de profunda ebriedad
Rompimos el hielo del silencio
con la refulgente ascua en la lengua seca
hurgué en las entrañas traseras de su inconsciencia
buscando entre gritos mi verdadero nombre
empujaba con odio el fin de sus vértebras
sujetado a las riendas de pelo "marrón ciruela",
pero Ámbar escurría lácteos espejismos
entre esas dos torres que apuntaban al cielo
colgando de mi cuello como un trofeo a la paciencia,
su saliva me gritaba: monstruo
y yo recitaba la orquesta al coloso de la carne,
el mantra húmedo que sofoca
el zen de la grasa
la meditación de lo perverso.
Odiar se volvió placer,
los tacones dejaron de sonar,
el suspiro dejó de ser viento
y el teléfono nunca tuvo mejor uso
al usarlo en "silencio".
Nos despedimos en imágenes,
jurándonos el mar de la calle asoleada
tu a lo tuyo,
yo al veneno
y heme aquí vuelto fango.
De tierra y sudor estoy compuesto
frágil al sol, al tacto seco.
La película terminó y me levanté de mi butaca
el actor trabaja lo que el espectador disfruta
yo ya no disfruto del todo
pero hago del trabajo la mejor parte.