empezando el día descubrí que no me gusta viajar, pero prefiero estar lejos.
Me cansa sobremanera llegar y adaptarme a donde no pertenezco para regresar al lugar en donde el calor moldeó mi asiento en el sillón de la casa.
Descubrí que no es el destino lo que me intriga sino lo que va quedando atrás cuando ya no está en mi control.
Ahora sé que no importa que no conozca la ciudad o el estado o el país, el punto de interés siempre me sabe a carretera, a vacío, a higiene visual al ver las estrellas de noche o el oasis de concreto alzándose en el horizonte.
Siempre me sabe a mar o a montaña, lejos del titán de la voz.
Siempre me sabe a cacto o a palma, alejado del ojo hambriento.
A cristales de hielo en una playa, a cedro en senderos a punto de enblanquecer por el invierno.
A lenguas y dialectos que me hacen cuestionarme quien soy y reverenciar mi sentido común constantemente después de una hábil charla con las manos.
A todos esos lugares que me han ofrecido una cama caliente, un piso frio o una estación de tren en la que pueda dormir y cómodamente soñar
Ahora se que no importa ni la distancia ni la estados, el lujo o la modestia, el aire el mar o el asfalto.
Simplemente prefiero estar lejos, pero sueño con estar cerca.